La dictadura de Maduro: “¿Nadie hablará? Por Nicolás Albertoni.

Foto ilustrativa.
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En América Latina estamos acostumbrados a escuchar –con mucha razón– voces indignadas por ver la terrible situación que viven migrantes, quienes deben atravesar las fronteras para escapar de conflictos en su país, y la importancia que tiene que otro país pueda recibirlos, preservando los derechos humanos de cada persona. También, muchos se indignan al ver las ideas de un candidato presidencial que parece estar fuera de sí y pretende deportar a millones de ciudadanos extranjeros si llega a ganar la presidencia. Pero, ¿qué sucede cuando algo similar pasa en nuestra región? ¿Qué sucede cuando los hechos que tanto repudiamos se paran ante nuestras narices?

En estas últimas semanas, América Latina está siendo testigo de un hecho que, lejos de indignarla como suele pasar cuando mira hacia el norte, prefirió guardar silencio. Esta fue la respuesta de muchos países de la región ante las masivas deportaciones de colombianos desde Venezuela tras el cierre de frontera entre ambos países. Hace poco más de dos semanas, el Presidente Maduro decretó estado de excepción a determinadas zonas fronterizas lo que le permitió deportar a varios miles de colombianos de su país.

Colombia comparte con Venezuela aproximadamente 2.200 km de frontera y, como suele pasar en muchos países limítrofes, desde hace años ambos denuncian el contrabando en varios municipios fronterizos (en gran parte hoy explicados por los productos altamente subsidiados por el gobierno venezolano). Si alguien nunca estuvo feliz por estos hechos fue Colombia, cuya frontera debe competir con un país que, contra cualquier ley de mercado, prefiere seguir subsidiando para solucionar sus problemas económicos.

Lo cierto es que, lejos de llamar al diálogo entre ambos países para ver cómo pueden solucionar un problema específico, Maduro anunció por cadena nacional que “limpiaría su país de paramilitares”, que –según el– “son la principal razón de los problemas que hoy vive Venezuela”.

Para Maduro parecería que ahora todos los problemas que tiene su país tienen su raíz en esta zona fronteriza. Pero, hasta aquí todo lo que ya conocemos de este tipo de gobiernos: culpar al resto del mundo por sus problemas. Esto ya no es nuevo y –lamentablemente– ya nos hemos malacostumbrado a ver la teatralización de gobiernos ineficientes para desviar la atención de los problemas centrales. Pero aprovechemos este hecho para reflexionar sobre otra perspectiva que dejó a la luz esta crisis fronteriza: el silencio regional cuando un país no alineado al “bolivarianismo” está en problemas con uno que sí lo está.

Pasó casi una semana sin que ningún organismo regional se pronunciara después que las deportaciones de Maduro ya estaban en marcha. El único espacio de “diálogo” que se concretó fue una reunión del Consejo Permanente de la OEA a pedido de Colombia, celebrada el pasado lunes 31 de agosto para decidir si se convocaba a una reunión de cancilleres que aborde la crisis fronteriza y humanitaria con Venezuela. La respuesta fue negativa y la mayoría de los países decidió no convocar a ninguna otra reunión para ayudar a resolver el conflicto.

¿Qué habría pasado si toda esta situación hubiera sido al revés, y hubiera sido Colombia quien deportara venezolanos? ¿Cuántas horas habrían pasado para que los cancilleres de OEA, UNASUR (y la inmensa ensalada de siglas) se convoquen en Caracas gritando a toda voz la palabra “repudio”?

Esta vez, Maduro ya pasó de las palabras a las acciones concretas contra ciudadanos de un país hermano, sin que nadie en la región dijera al menos una palabra de repudio. Se metió con ciudadanos que como cualquier otro merecen ser respetados como personas y no obligados a cruzar ríos empujados a punta de pistola porque a un presidente se le ocurrió la idea de tapar sus problemas culpando al resto del mundo. Se metió con familias que, por sus medidas, en muchos casos deberán separarse: la defensoría del pueblo en Colombia reporta que las cifras ya son preocupantes y ya son más de mil niños que son víctimas de la ruptura familiar, debido a que las parejas han debido separarse en muchos casos.

¿Nadie hablará? Lo lamentable del silencio actual no pasa solamente por ver ante nuestras narices la injusticia y cómo muchos gobiernos se silencian bajo el manto de la no intervención; sino que ya es hora de empezar a hablar de la dignidad futura de nuestra región: ¿Con qué dignidad acaso podremos repudiar mañana que a un presidente norteamericano se le ocurra deportar latinos, cuando nosotros en nuestra propia tierra nos deportamos a nosotros mismos y nadie se anima a decir una sola palabra de repudio?

* Nicolás Albertoni es estudiante de la Maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Georgetown. Twitter: @N_Albertoni

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